FÉRULA Y SU CUÑADA
Cuando Esteban* estaba en el campo, la vida en la gran casa de la esquina cambiaba para acomodarse a una suave rutina sin hombres. Férula era la primera en despertar, porque le había quedado el hábito de madrugar desde la época en que velaba junto a su madre enferma, pero dejaba dormir a su cuñada hasta tarde. A media mañana, le llevaba personalmente el desayuno a la cama y abría las cortinas de seda azul para que entrara el sol entre los cristales. Después, llenaba la bañera de porcelana francesa pintada con nenúfares mientras Clara desayunaba tostadas mojadas en chocolate espeso. Luego, la sacaba de la cama acariciándola con cuidados de madre y comentándole las noticias agradables del periódico, que cada día eran menos, así es que debía llenar las lagunas con chismes sobre los vecinos, pormenores domésticos y anécdotas inventadas que Clara encontraba muy monas y a los cinco minutos ya no recordaba, de modo que era posible volver a contarle lo mismo varias veces y ella se divertía como si fuera la primera.
Férula la llevaba de compras, para que cuando naciera su bebé no le faltara nada y tuviera la ropa más fina del mundo; a almorzar al Club de Golf, para que todos vieran lo bonita que se puso desde que se había casado con su hermano; a visitar a sus padres, para que no creyeran que los había olvidado; al teatro, para que no pasara todo el día encerrada en la casa. Clara se dejaba conducir con una dulzura que no era imbecilidad, ni cobardía ni falta de voluntad, sino distracción, una especie de ausencia mental. Gastaba toda su capacidad de concentración en intentos de comunicarse telepáticamente con Esteban, que no recibía los mensajes, y en perfeccionar su propia clarividencia.
Por primera vez desde que podía recordar, Férula se sentía feliz. Estaba más cerca de Clara de lo que nunca estuvo de nadie, ni siquiera de su madre. Una persona menos original que Clara habría terminado por molestarse con los mimos excesivos y la constante preocupación de la hermana de su marido. Pero Clara vivía en otro mundo. Férula detestaba el momento en que su hermano regresaba del campo y su presencia llenaba toda la casa, rompiendo la armonía que se establecía en su ausencia. Con él en la casa, ella debía ponerse a la sombra y ser más prudente en la forma de dirigirse a los sirvientes, tanto como en las atenciones que prodigaba a Clara. Cada noche, en el momento en que los esposos se retiraban a sus habitaciones, se sentía invadida por un odio desconocido, que no podía explicar y que llenaba su alma de funestos sentimientos.
Na podstawie: Isabel Allende, La casa de los espíritus, Barcelona, 1995.
*Esteban – hermano de Férula y marido de Clara.
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