1. Sonó el teléfono. Era la chica de las encuestas. Llama todos los jueves a las cinco, porque conoce perfectamente mis costumbres y sabe que entonces estoy en casa. Esa vez, me preguntó cuántas veces a la semana me cambiaba de calcetines. Prácticamente, ya le he dicho todo acerca de mí: qué películas veo, qué colonia uso, etc. Encuesta a encuesta, he ido contándole mi vida. No digo que en una u otra ocasión no le haya dicho cosas falsas para parecer otra persona, pero básicamente tiene mi perfil. Lo de los calcetines me pareció raro y ridículo a la vez.
—Cada vez me preguntas cosas más íntimas —observé.
—Yo no hago los cuestionarios —me respondió muy amable—, pero vivo de ellos, compréndeme.
—Sí, te comprendo, pero a mí también me gustaría conocer algo de tu vida.
—Pues nada, pregunta lo que quieras. Un poco avergonzado, cosa rara en mi caso, le hice tres o cuatro preguntas, pero no seguí investigando porque me pareció que ella me respondía sin ganas. Entonces, le dije que me cambiaba de calcetines dos veces al día para parecer más limpio de lo que soy, pero ella interpretó que sudaba* mucho y me recomendó un cosmético eficaz para los pies, cosa absolutamente innecesaria para mí, porque mis pies están bien y creo que sudo lo normal, ni poco ni mucho. Pero eso, desde luego, no se lo dije a la chica.
2. La chica me dio las gracias, como siempre, y luego pasó mucho tiempo sin llamarme. Empecé a preocuparme. Un día, después de comer, sonó el teléfono. Era Ana, la chica de las encuestas. Esta vez no quería hacerme ninguna pregunta: le había ido fatal su primer examen en la universidad, había perdido el trabajo y no podía pagar el alquiler. La pobre chica me dio lástima. Por lo visto, no tenía a nadie en Madrid y me preguntó si podía quedarse en mi casa unos días.
—Después de todo, en una de las encuestas declaraste que vives solo y tienes una casa grande con dos baños.
Es cierto que vivía solo, pero en lo de mi vivienda la había engañado.
—La verdad es que tengo un apartamento con un dormitorio y un salón pequeño, sin cocina independiente ni dos baños.
—Eso no me sorprende —me respondió—, nadie dice la verdad en las encuestas telefónicas. Podría dormir en el sofá, si no tienes nada en contra.
Acepté. Después de tantas encuestas telefónicas la conocía mejor que a mis compañeras de trabajo.
3. Vino una media hora después. Desde aquel momento ha pasado un año y todavía no se ha ido. Lo malo es que ha empezado a llamar otra chica de otra agencia de encuestas y he vuelto a decir que vivo solo y tengo dos baños. Lo de los dos baños es mentira, pero lo otro, a pesar de la presencia de la estudiante, continúa siendo verdad. Nada ha cambiado, ni mis sentimientos ni mis hábitos.
Na podstawie: Juan José Millás, Los objetos nos llaman, Barcelona, 2010.
* Sudar – pocić się.